sábado, 25 de mayo de 2019

SEMANA EN DESORDEN


El domingo nos sonríe, enorme y anaranjado... pocos saben que detrás de su rostro benévolo, está el monstruoso lunes, azul y negro, todo fauces y malsanas intenciones.

El lunes salta esquivando todas las trampas, sus pies de lumbre trazan figuras en el desierto rojo que bulle de insectos. Casi siempre, el cielo del lunes se llena de aviones que le entran por los ojos y le salen por la boca. De sus orejas salen calamares de malvavisco, instantáneos y resplandecientes, que al desaparecer dejan un rastro de nubes.

El jueves, elegante pero discreto, nos mira desde su escondite con un puro apagado entre los labios y una pelota de esponja en la palma de su mano derecha.

El martes no existe: es el lunes disfrazado.

El viernes es una pequeño ataúd donde duerme la crisálida del mundo. Una fuerte descarga eléctrica rompe los cristales del cielo y la crisálida se retuerce, sedienta de mieles y oporto. Afuera las diosas tejen, en silencio, los sueños de todos los hombres.

El sábado es un chocolate envenenado, un tren lleno de explosivos, una ninfa infectada y petulante que baila semidesnuda en la penumbra. Sin embargo, a partir del mediodía le brotan gajos, labios besantes, racimos de alfileres que encienden por dentro los corazones más secos.

El miércoles es un acorazado navegando las aguas del amanecer. En su interior carga especias, telas finas del oriente: y en un camarote secreto: la Bella Durmiente sueña pesadillas. El último miércoles de nuestra vida siempre será feliz y ronronearemos al sol, despidiéndonos del mundo sin saberlo.

jueves, 23 de mayo de 2019

ATAÚDES


1)

La luz es amarilla y gris. La cocina es fría y cúbica como un hielo y en el centro hay una mesa cuadrada y en el centro de la mesa sólo un plato, una cuchara y las manos pequeñas del niño que se mueven de un lado a otro como animales desesperados que quieren alcanzar la cuchara, el plato o cosas invisibles que tal vez sólo el niño puede ver. El niño está sentado en una silla larga, encadenado. El niño tiene un año. Yo tengo sesenta y estoy afuera de la cocina, en el patio. Arriba hay una luna, un cielo nublado y nada más. Abajo está la tierra, lodosa por la lluvia y por el llanto,  chiclosa cuando la piso con mis pantuflas viejas: llora el niño y yo sigo afuera, mirándolo a través de la ventana sucia, hace frío, a lo lejos se oye otro llanto, el tren especial de la medianoche. No hay casas cerca, sólo árboles negros, verdes, plateados. Grises como la luz.  Sólo árboles y un río que se lleva las cosas. Un río sin nombre, caudaloso y helado que desaparece y sumerge las cosas que ya no quiero ver, las cosas que ya no queremos que griten. Entro.


2)

El niño me mira, no me reconoce, no se acuerda, se limpia las lágrimas con los dorsos regordetes de las manos, se sorbe los mocos, ríe con pocos dientes y ojos de topo. Como no me muevo, el niño vuelve a quedarse serio, a punto de llorar, así que avanzo, quiero decirle palabras tontas, palabras viejas de las que usaba mi padre cuando yo tenía un año, pero me quedo callado. Me siento a un lado del niño, tomo la cuchara, el plato hondo repleto hasta los bordes y comienzo a volar avioncitos de papilla espesa que aterrizan en su boca entre risas y balbuceos. El niño está hambriento. En el fondo del plato un grueso ciempiés agoniza, pero el niño no lo sabe.


3)

Arriba hay recámaras y pasillos oscuros llenos de ratones. La casa es viejísima: nunca he pasado una sola noche en otro sitio que no sea la casa. En la recámara que está exactamente arriba de la cocina hay un ataúd blanco. Vivo solo. Ésa es mi recámara y ese ataúd que ven ahí es el sitio donde duermo. Cuando no duermo en él, el ataúd es una boca o un pozo que me llama, vacío, vacío, vacío: como una novia viuda el día de su boda. El ataúd es importante. No tengo amigos, pero si los tuviera, estoy seguro de que ninguno de ellos tendría en su casa un ataúd blanco, hermoso y listo para abrazarme cada noche, para besarme y acariciarme de manera íntima y sin burlarse, aunque esta noche yo estoy abajo, en la cocina alimentando al niño, y dentro del ataúd está la madre del niño, atada ya, amordazada ya. Puede respirar, pero no gritar. Puede oír los ruidos que hace el niño y la lluvia que comienza a desprenderse de las nubes, pero no puede ver. Puede temblar: no puede dejar de temblar. Yo no hago ruido. La madre del niño se retuerce como un ciempiés. En la recámara de junto están los sillones y el televisor, siempre encendido pero en silencio, me gusta ver los noticieros y los muñequitos pero prefiero imaginarme las voces. En la recámara del fondo hay cajas llenas de cosas valiosísimas, hay un armario con los cajones llenos de disfraces mal doblados, hay dos ventanas que dan al patio. En las paredes cuelgan retratos de personas muertas que estaban muy serias y muy quietas cuando las retrataron, son mis antepasados, la familia o como se diga. La madre del niño no estaba quieta cuando la retraté. En el baño está la tina. La tina es importante y blanca: seguramente proviene del mismo árbol genealógico que el ataúd. En el patio no hay nada, lo juro. Por último están las escaleras. En las escaleras hay fantasmas, en las noches de luna llena gritan, aúllan, se llenan de pelos, me vuelven loco. Esas noches me encierro en mi ataúd.


4)

El tiempo se mueve para adelante pero también para atrás en los recuerdos. El gendarme que romperá la puerta de la cocina tiene treinta años. Es alto y moreno como un alce. Se parece muchísimo a mí pero no se da cuenta. Así era yo de joven, el mundo era simple y en mi llavero estaban las llaves que abrían todas las puertas. El gendarme nació río arriba, en los bosques tupidos, su casa era una minúscula cabaña escondida entre árboles milenarios. El gendarme creció comiendo carne de alce, extrañando a su madre y leyendo libros basura. Para él, las cosas son muy claras: están los buenos y están los malos. Hay que cuidar y proteger a los buenos. A los malos hay que atraparlos, golpearlos, encarcelarlos, juzgarlos, ejecutarlos. Según su propia filosofía, el gendarme es bueno. Pero yo sé que no es tan bueno. Cuando era niño, durante el velorio de su madre escribió con una navaja su nombre y otras palabras en el ataúd. Pensó que así su madre lo recordaría por toda la eternidad. Según un libro, los muertos olvidan los nombres y luego las voces. Yo puedo olvidar los nombres, pero no las voces. Veinte años después de la muerte de su madre, el gendarme sigue recordando aquel ataúd, blanco como mi ataúd: todavía usa la navaja en algunos interrogatorios difíciles, pero no para escribir su nombre sino para arrancar otros nombres de la boca de los malos. Aturdido y gesticulante, el gendarme recorre el bosque con una linterna en la mano y otros siete gendarmes lo siguen. Suman ocho. El ocho es maligno. La tierra se siente chiclosa en sus botas. Hay perros enormes olisqueando, hay palas y picos. Llegan al río.


5)

El ataúd es un barquito de papel que navega por el río. Yo estoy dentro del ataúd, soñando con ángeles y mariposas, sintiendo el tosco rumor de las embravecidas aguas en mi espalda de niño. Créanme: nada se siente tan bien como ir a duermevela por el río, capitán de mi propio ataúd, el más silencioso, dando vueltas y vueltas conforme el río se retuerce y me lleva de aquí para allá, de aquí para allá hasta el infinito. La vía láctea es un río, la muerte debe ser el gran río donde desembocan los ríos de los sueños. Cada sueño tiene sus propios rostros, sus propias voces, pero todo es tan rápido que no puedo enfocar bien, despierto temblando, la celda es fría, metálica, no tiene cama. Arriba la luz es amarilla y gris pero no hay ninguna ventana por donde se filtre la luna, los cantos amables de la luna. Muevo los dedos de los pies y recuerdo el ciempiés que se retorcía en el fondo del plato, la sonrisa satisfecha del niño. En la celda de junto alguien llora. Vuelvo a quedarme dormido.


6)

Martes ocho de agosto. El ocho es maligno. Marte es el dios de la guerra y tiene dos lunas. Veinte miembros del jurado, diez hombres, diez mujeres: todos usan lentes y me miran con caras de lechuza. Los ojos de las lechuzas son ochos. El juez no usa lentes, es calvo, gordo, chaparro, sus manos se mueven de un lado a otro, animales desesperados y regordetes buscando justicia. El juez tiene un tic simpatiquísimo, como si su cachete y su ojo izquierdo se besaran cada cuatro, cada cinco minutos. He visto esta película muchas veces: el sujeto de traje y corbata me señala y grita escandalizado, recorre la sala con largas zancadas teatrales perfectamente aprendidas, si sus profesores lo vieran se sentirían más que orgullosos. Una mujercilla seria escribe todo, sus dedos se mueven, veloces venaditos brincoteando un bailable ancestral sobre la máquina de escribir. El juez bosteza como un oso, se talla los ojitos de topo. En una de las paredes, otra película: escenas, rostros, colores, objetos, datos, información clasificada, yo, yo, yo, las pruebas que prueban, las señales que señalan. Francamente prefiero ver hacia la pared donde hay un reloj. El reloj es blanco y redondo como el tiempo que mide. El tiempo se mueve para adelante pero también para atrás. Los miembros del jurado caminan en fila india hacia un cuartito minúsculo que está aquí al lado, dos mujeres, dos hombres, dos mujeres, dos hombres, dos mujeres, la puerta se cierra como la tapa de un ataúd.


7)

Veredicto: culpable. Silla eléctrica. Inyección letal. Fusilamiento. He visto está película muchísimas veces: los familiares de las víctimas del otro lado del vidrio, comiendo palomitas y disfrutando mi muerte cómodamente sentados en sus butacas. Los periódicos vendiéndoles sus tirajes vespertinos a los ciudadanos ejemplares. Los gendarmes, muy serios, haciendo declaraciones detalladas y convincentes frente a las cámaras.


8)

El niño abre los ojos. El diminuto ataúd es comodísimo, su cabezota descansa en un mullido almohadón donde todavía se siente la humedad de las lágrimas. Al alcance de sus manos: el osito de peluche, el alce de trapo, las veinte pequeñas lechuzas de plástico, el ciempiés de felpa. Toda una eternidad para jugar y esperar a que su madre regrese. La madre del niño está en otro ataúd, a unos cuantos centímetros de distancia, aunque madre e hijo nunca jamás volverán a tocarse. El último recuerdo de la madre es el río donde se aventó de cabeza ocho días después de la muerte del niño. La madre ya no recuerda mis ojos, ni vuelve a escuchar mi voz casi enmudecida pues poco la he usado desde hace años, sólo sé decir palabras toscas, órdenes, frases con muchas eses que suenan a voces de serpiente. Con un cuchillo en la mano, uno puede ahorrarse cientos, miles de palabras. La madre por fin ha dejado de temblar. Yo tiemblo. Abro los ojos y descubro el terrible lugar donde me pusieron: un ataúd de madera corriente, tablas mal cortadas, clavos chuecos y oxidados. Se puede meter un ciempiés y morderme los pies, las manos, comerse mis ojos. Esta noche lloverá y habrá goteras, agujas de hielo clavándose en mi carne, charcos de aguas metiches que no formarán un río, que jamás podrán llevarse este ataúd a cuestas y me dejarán aquí, en el lodo, en el olvido eterno. En mi casa, el ataúd blanco no está vacío: el gendarme llegó en su motocicleta, solo, con las arenas del sueño acumuladas detrás de los ojos. Pasó por debajo de la cinta de plástico amarillo, subió las escaleras que crujen y entró a mi recámara. Ahora el gendarme duerme en mi ataúd; sueña que está en un blanco buque fantasma: ya recorrió el río, ya llegó al mar y ahora navega por las aguas de la noche. Cuando despierte, descubrirá que las aguas se llevaron mi recuerdo y estará listo para la siguiente cacería.



jueves, 16 de mayo de 2019

HAY HORROR EN LOS OJOS DE CAÍN


Despierta Luis, son las siete. Sí, mamá. Detrás de los cerros ya se asomaba el sol, con sus lentes oscuros y una sonrisa bobalicona. Voy a prepararte unos sándwiches, dijo Madre, y salió de la habitación quitándose los tubos de la cabeza. Luis se estiró, todos sus huesos crujieron al mismo tiempo. ¡Por fin! Sábado 17 de abril: este día es más importante que navidad o mi cumpleaños. Hizo a un lado las sábanas como si fueran el cadáver de un fantasma derrotado en sueños. Se levantó; el sol, con sus amarillos dedos de aguja, le tocó los ojos suavemente. Luis, todo sonrisas, miró sus avioncitos, miró su colección de monstruos desarmables marca Acme, miró el gol retratado en uno de los posters que su hermano había colgado en la pared. Miró el reloj. ¿Dónde estarán mis zapatos? Una mueca poco terrenal lo sorprendió desde el espejo: ¿De veras soy ese niño flaco y despeinado con la carne color leche? ¿Soy el tonto del mundo, con diez años recién cumplidos y un solo diez en aritmética? Quisiera conocer los bosques, hacerme amigo de los duendes. Quisiera perderme en las entrañas de un dragón. ¡Ándale hijo, se hace tarde!, gritó Madre desde la cocina. Luis abrió cajones, la ropa voló y en un santiamén estuvo listo para la gran ocasión. Otra vez se miró en el espejo, acomodándose el nudo de la pañoleta. Hizo un saludo scout con su mano izquierda, los monstruos desarmables marca Acme celebraron el acontecimiento arrancándose las cabezas unos a otros. Luis los miró solemne. Luego abrió su querido diario y anotó la fecha subrayándola varias veces: no todos los días se va uno de campamento por primera vez.

En aquellos tiempos no había calendarios. Las fechas se anotaban en la espalda de una tortuga, en el interior de los árboles, en los colores del cielo. Las capas geológicas hablaban de oscuros amaneceres donde la conciencia reptaba de un lado a otro buscando un poco de luz. Y Dios inventó el ojo, uno de los instrumentos más perfectos de la creación. Peces, anfibios, insectos, reptiles, aves; aunque los ojos de todas las bestias jamás sumarían el ojo que la conciencia necesitaba para mirarse a sí misma. Entonces nacieron los hombres, con ojos nuevos y palabras azules debajo de la lengua. Y uno entre ellos se distinguió por su forma de mirar: Caín era su nombre. Dicen que fue el primer asesino pero no hubo testigos y la historia nunca podrá ser comprobada. Ahora Caín huye por senderos de espinas y salamandras. Arriba, entre las nubes espesas de la tempestad, gira el ojo de Dios como la enorme luz de un reflector. Abajo, en la tierra, un ejército de ángeles armados con espadas, linternas y redes buscan a Caín debajo de las piedras, en el fango de los pozos, en el interior de los árboles. Hay furia ciega en la mirada de Dios. Hay horror en los ojos de Caín.

Beto y Miguel tocaron el timbre mientras Luis se limpiaba los bigotes de chocolate con una servilleta. Ya llegaron tus amigos, apúrate o los va a dejar el camión. Sí mamá. Pórtate bien y obedece al jefe de manada, no se te olviden tus sándwiches que me costó mucho trabajo hacerlos. No mamá. Se duermen temprano y no te acerques a la fogata. No mamá. Dame un beso; y Luis se paró de puntitas para alcanzar el cachete de la saludable ballena que lo miraba con ojos saltones y maternales. Ya vete, córrele. Sí mamá. Afuera el sol se inflaba como pez globo enfurecido; no había nubes en el cielo. Luis saludó a sus amigos con un complicado ritual de palmadas y ruiditos. Miguel y Beto. Beto y Miguel. Beto, Miguel y Luis. Algo así como Hugo, Paco y Luis, pero sin salir en las caricaturas. Los tres amigos cruzaron las calles deprisa, cargando sendos mochilones en sus espaldas. ¿Qué trajiste? Mi flauta, mi brújula y mi navaja scout, ¿Y tú? Un encendedor. ¿Para qué? Para prender la fogata, buey. No seas tarado, el chiste de los campamentos es encender el fuego con piedras. ¿Con piedras? Ni que fuéramos cavernícolas. ¿Tú qué trajiste? Pues mira; y Beto sacó varios ejemplares del Playboy y el Penthouse. ¡No te pases! si lo ven los grandes nos van a castigar. No te preocupes, aparte de nosotros tres, nadie verá a nuestras novias. Un viejo autobús anaranjado tocaba el claxon en la esquina mientras dos guías quinceañeras daban instrucciones a los niños que iban llegando. ¡Apúrense! Ya nos vamos.

Caín se miró las manos ensangrentadas. Seguramente era su propia sangre pues la muerte de Abel había sido un trabajo limpio: la quijada de burro giró en exacta órbita hasta apagar con un golpe perfecto la mirada luminosa de su querido hermanito. ¡Maldición! Aún después de muerto, Abel siguió sonriendo y ni siquiera los buitres se acercaron a devorar su carne perfumada. Así había sido siempre; Abel: un niño completamente blanco, Caín: un niño gris y confundido que hacía enfurecer a las piedras y agriaba las manzanas con solo tocarlas. Ahora Caín jadeaba en un bosque desconocido. A lo lejos brillaban las luces de la gran ciudad. Imaginó a los ángeles entrando brutalmente en todas las casas, interrogando a los pobres hombres, rompiendo con sus hachas los roperos que pudieran ocultarlo. La risa de Caín espantó a un conejo. Siguió caminando; cruzó ríos, desfiladeros y valles hasta llegar a un lugar de poca vegetación. Arriba las estrellas eran jeroglíficos narrando historias terribles. Caín desdobló sus mapas, prendió un encendedor para alumbrarse. Parece que estoy perdido. No importa, suspiró; los ángeles se han quedado atrás. Sus perros tardarán mucho tiempo en encontrar mi rastro. Arriba el sol sudaba como un luchador chino.

El traqueteante autobús recorría la autopista. Luis, Beto y Miguel estaban sentados en la parte trasera; en vez de cantar canciones idiotas bajo la desafinada dirección de Vhanta, miraban las multicolores figuras de un cómic. ¿Ya viste Beto?, éste es el Doctor Complot, su rayo metafísico puede destruir a Psiquiatramán. La ilustración mostraba a un barrilesco gángster con muchos ojos, tentáculos y garfios, sentado en una media luna. ¡Ni madres!; los setecientos años que pasó Psiquiatramán en el Templo de los Derviches Asesinos le dieron suficientes poderes como para acabar con el Doctor Complot y toda su familia. ¡Vean esto!, dijo Miguel señalando otra página. ¡Órale! Está padrísimo. Es el Castillo de la Eterna Desolación, ahí vive la Princesa Devoracorazones y su sangrienta corte de saxofonistas cibernéticos. ¿Y éste? ¡Ah!, pues es nada menos que Wozzek, el perro individual... Luis, Beto y Miguel. Sus edades sumaban treinta años, y las aventuras que habían pasado juntos eran suficientes como para escribir una historia mil veces mejor que la de cualquier cómic. Luis miró por la ventana: qué lejos se iba quedando la mirada protectora de Madre, los alaridos de su hermana recién divorciada, la absoluta indiferencia que fosilizó para siempre a Papá en un sillón de la sala. Ahora Luis iba a pasar varias noches sin su familia, y no sólo eso, iba a ser en el bosque, acompañado de sus queridísimos camaradas. Amigos, va a estar de pelos este campamento. ¡Claro!, Miguel trajo una casa de campaña redonda, se supone que sólo caben dos personas, pero nosotros nos vamos a acomodar perfectamente, ya lo verás. ¿Cuánto falta para llegar, Vhanta? No coman ansias niños, el camino es parte de la diversión; ahora, vamos todos a cantar "Can anybody find me somebody to love...?" Luis Luis Luis, eres feliz como una lombriz. ¿Que qué? Los tres amigos soltaron la carcajada al mismo tiempo. Afuera el sol, con una brocha en la mano, pintaba de amarillo la espalda del autobús.

Después de mucho andar, Caín encontró la entrada a una especie de mina; olía a detergente y estaba repleta de hongos blancos y pegajosos. En el interior las paredes tenían una extraña luminosidad verde. Caín recorrió pasillos, subió escaleras, cruzó puentes colgantes. Por último se detuvo en una bifurcación donde había un oxidado letrero de metal: PROHIBIDO EL PASO. TOQUE LA CAMPANA. Algo brillaba en el suelo, medio oculto entre un montón de polvo y huesos. Caín levantó el pesado objeto: era la campana, ¿cuánto tiempo llevaba ahí? La sacudió con fuerza, el lúgubre tañido le provocó escalofríos. Poco después vio luces, oyó pasos que se acercaban por el pasillo de la izquierda. Apareció un viejo con una antorcha. Miró a Caín con el único ojo que le quedaba en la monstruosa cabeza. Junto al viejo había otros: todos tenían la piel hecha jirones, estaban tan deformes que difícilmente se distinguían como algo humano. Caín comprendió, estaba en un leprosario subterráneo tal vez más antiguo que Adán y Eva, sus padres. ¿Quiénes son ustedes? No hijo, ¿Quién eres tú y qué buscas aquí? Caín miró a los leprosos bajo la luz naranja de la antorcha: vio sus bocas de ventosa, la ciudad derrumbada de sus dentaduras. Decidió contarles la verdad, de alguna manera sabía que esos seres no iban a traicionarlo. Desenredó su historia: describió detalladamente el asesinato de Abel, las astillas de horror que se habían instalado detrás de sus ojos mientras huía de las huestes celestiales. Los leprosos lo miraban inexpresivos. Cuando Caín terminó de hablar, el viejo, quien seguramente era el jefe, le indicó que los siguiera. Después de caminar muchas horas llegaron a un elevador. Todos entraron en silencio. El elevador comenzó a bajar.

¡Miguel! ¡Beto! ¡Miren, vamos por encima de las nubes! La autopista se había convertido en un estrecho camino que se retorcía en lo alto del precipicio. El chofer del autobús mantenía alertas los cinco sentidos: su pie derecho saltaba constantemente del acelerador al freno. ¿Ya vieron todos esos árboles allá abajo? ¡Por fin llegamos al bosque! Vhanta se había cansado de tanto cantar y dormía con la cabeza recargada en el vidrio, las demás guías leían el manual scout mientras masticaban sus sándwiches concienzudamente. El autobús apenas podía seguir su trayectoria, pasaba las curvas con las llantas a pocos centímetros del borde. De pronto el sol clavó espadas rojas en los ojos azules del chofer obligándolo a soltar el volante. Los niños gritaron. El autobús voló en cámara lenta hacia la bostezante oquedad del precipicio. Luis cerró los ojos.

Estamos aquí, dijo el viejo señalando un punto con el hueso de su dedo índice; para salir del otro lado tienes que irte por este pasillo. Caín miró el pergamino, era un mapa de todas las grutas, cuevas y minas del mundo. Alguna vez había oído decir que los continentes estaban comunicados entre sí por medio de túneles que pasaban por debajo de los océanos. Que seres milenarios vivían en esos túneles desde tiempos anteriores al Paraíso. De ser ciertas esas teorías, los leprosos son entonces descendientes de... ¿O no? ¿Cuántos años tienes?, le preguntó Caín al viejo. Todos los leprosos rieron. ¿Sabes, Caín? La lepra que corrompe nuestra carne es lo de menos, lo verdaderamente difícil es soportar la inmortalidad. ¿Ustedes son inmortales? Sí, tan inmortales como todas las criaturas imperfectas que ha hecho Dios. Tú fuiste el primer asesino, nosotros somos los primeros enfermos. Dios es terrible, no quiere olvidar sus errores y por eso nos mantendrá despiertos hasta el día en que decida morir. ¿Morir Dios? Todos los leprosos volvieron a reírse. Ya no hagas más preguntas Caín: toma este mapa, te llevará muy lejos de la mirada de Dios y sus ejércitos. Aquí tienes también un pan mágico, lo preparé con mis propias manos. No temas contagiarte Caín, y vete, vete ya. Caín se alejó de los leprosos sin dar las gracias ni despedirse. Recorrió túneles, galerías, pasadizos; el mapa se deshacía en sus manos conforme iba avanzando. Al día siguiente salió a la superficie.

Luis abre los ojos, tiene sangre en la cara y su lengua está partida en dos. Junto a él hay un cuerpo: es su amigo Miguel, aunque la cabeza pertenece a Freddy Krueger. Luis se levanta con dificultad. Ve los restos humanos sembrados alrededor. Cincuenta pasajeros, Luis es el único sobreviviente. ¿Acaso el cielo esconde tras su máscara otro cielo? Hay enormes llamaradas en el autobús volcado; el motor muge, agoniza, muere. En lo alto del precipicio el camino serpentea: no se ve ningún coche. Un silencio de mercurio baña la escena. Arriba el sol es un bebé recién nacido, las nubes lo arropan lentamente. Luis camina: la existencia es un gran guiñol, una pesadilla gore en este escenario de fierros retorcidos. Luis ve a su amigo Beto descansando sin piernas en la rama de un árbol: está tranquilo, su ojo derecho es una roja esfera navideña colgándole de la cara. Adiós Beto, felices sueños. Luis recorre el bosque. Hay intestinos tirados en el suelo. Brújulas, cobijas, dedos, infernales antifaces de carne mirando en silencio las nubes. Hay un sándwich mordido junto a un hormiguero, sus negros habitantes comienzan a explorar el aguacate y el jamón. Luis se topa con el cuerpo de Vhanta: su posición es ridícula, como si fuera una barbie recién salida de la licuadora. El viento despeina las páginas de uno de los Penthouse que Beto cargaba en su mochila, las dulces muchachas sin ropa les sonríen a los cadáveres mutilados. Luis busca un encendedor. Hay que prender la fogata. Hay que montar la casa de campaña. Hay que organizar los juegos y explorar los alrededores. Luis cierra los ojos, en el interior de su cabeza Miguel vuela papalotes y Beto recorre el mundo montado en una bicicleta nueva. Luis hace un saludo scout. Luego se recarga en un árbol y vomita el desayuno. Vomita la cena del día anterior. Los caramelos comidos durante toda su vida. Luis vomita su niñez. Antes de desvanecerse, siente que unos brazos lo rodean.

Caín recorrió los bosques: había mariposas verdes, pájaros transparentes cantando un blues en las ramas de los abedules. Ya ningún ángel lo perseguía, así que se sentó bajo la sombra de un árbol y comió una parte del pan que le había dado el viejo leproso. Miró las nubes como oscuros pulpos retorciéndose en el cielo: pronto llovería. Luego se quedó dormido. Soñó con Abel, quien en su sueño era muy anciano y estaba rodeado de niños vestidos de blanco. ¡Mira Caín!, dijo Abel; estos son mis nietos, van a construir ciudades de cristal encima de las catacumbas donde se arrastran tus nietos. Caín despertó, había una gota de sangre en el dorso de su mano, una avispa volaba hacia las nubes. Adiós árbol, necesito un arroyo para lavar mis pies. Caín recorrió veredas, cortó flores, pisoteó alacranes. Después de mucho andar llegó a un claro. Se detuvo. Miró la escena con incredulidad: el autobús naranja ardía en medio del caos. ¡Maldita sea! ¡Un accidente! Las llamas llegaban hasta el cielo y había niños muertos por doquier. Entonces oyó ruidos: cerca de ahí, un diminuto niño vomitaba apoyándose en un árbol. Caín sintió el dolor de Luis como una tormenta de alfileres en el corazón, corrió hacia él, logró sostenerlo antes de que se desmayara. Los dedos de Caín fueron instrumentos de ternura: acarició al niño, le quitó la pañoleta y limpió la sangre de su cara. No te mueras. No te mueras. No te mueras. Caín abrazaba al pequeño Luis con todas sus fuerzas. No te mueras hermano, quiero que juguemos en este bosque; cazaremos ardillas, nos alimentaremos con la carne de los ángeles que se atrevan a cruzar nuestro camino. Caín miró hacia arriba, había lágrimas en sus ojos borrando todo horror, había palabras de misericordia moviendo sus labios: Padre nuestro que estás en los infiernos... Comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia.

Es como un milagro incompleto, dijo el doctor; su hijo fue el único sobreviviente pero está en coma y no sabemos si va a despertar. Madre miró a Luis: tenía la cabeza vendada, un tubito transparente bajaba hasta las venas de su delgado brazo. El doctor salió sin hacer ruido. Hijito de mi alma, tal vez sea mejor que no despiertes nunca, no estoy preparada para decirte que murieron tus amigos. El Cristo de la cabecera abrió los ojos, Madre no se dio cuenta. Había luz en el rostro de Luis. ¡Qué extraño!, estoy segura de que puedes escucharme, dijo Madre saliendo de la habitación. En el pasillo una enfermera siniestra empujaba un carrito lleno de frascos azules y verdes. Madre llegó a la terraza del hospital. Encendió un cigarro, hacía once años que no fumaba. A lo lejos se oía el ruido de los coches, el desesperado ladrido de un perro. Arriba había una luna llena, ciega y enorme como el ojo de Dios. Madre sacó un pañuelo y apretó los dientes, pero por más esfuerzos que hizo no pudo llorar.

miércoles, 15 de mayo de 2019

PSIQUIATRAMÁN CONTRA LOS DUENDES DEL DESORDEN


Los duendes del desorden aparecen de repente: salen del clóset o del interior de un zapato y comienzan a tirar todas las cosas que encuentran en tu habitación. Rompen el retrato de tu ex novio y se tragan los pedazos, con un lápiz labial dibujan falos en el espejo, o revuelven las fragancias de tus frascos en un solo perfume alucinante. Tú, sorprendida, tratas de cubrirte los senos y el pubis; buscas tu ropa nerviosamente mientras los duendes ruedan y ruedan carcajeándose en el piso. Suena el teléfono: los duendes abren los ojos y se quedan mudos. Al segundo timbrazo comienzan a temblar. Al tercero huyen despavoridos. ¿Bueno?, contestas con jadeos de dragón. Hola niñita. Soy tu héroe, Psiquiatramán, y hablaba para ver cómo va todo. ¡Psiquiatramán!, exclamas; los duendes del desorden trataron de violarme, pero ya se fueron. ¿Cómo le hiciste? Eh, soy muy poderoso, responde varonil Psiquiatramán disfrutando cada sílaba en su boca. Dices buenas noches, cuelgas, suspiras y te ves en el espejo. Tus ojos están llenos de polen cristalino y claves de sol azucaradas. En la punta de tu nariz se adivinan mil y un amaneceres con distintos colores en el cielo. Luego te asomas por la ventana: arriba la luna llena es un bondadoso gato derrumbado encima de las nubes y las constelaciones son enormes malvaviscos. Estás tranquila, no hay ni rastro de los duendes del desorden... Gracias a Psiquiatramán, han desaparecido de tu vida para siempre. Sonríes

Lo que tú no sabes, pobre idiota, es que del otro lado de la línea telefónica un duende del desorden con dedos de cuchara devora los ojos y la lengua, lame lentamente la sangre seca de Psiquiatramán, asesinado hace más de una semana.

lunes, 22 de octubre de 2018

FREUD


Entre la madre y sus bestias
hay alambres que cruzan
figuras de carne
pollos fosforescentes
sanguijuelas


El amo pisa la casa
revuelve cajones
esconde su corazón
en una mina

Entonces las bestias huyen
ruedan por los jardines
con un beso interior
reventándoles la cara

Y la madre
sola al fin
teje alas de sombra
y vuela hacia otro alfabeto
con un embudo entre los labios


viernes, 19 de octubre de 2018

MEDICINE MAN



I)

En la hora del sol más alto, los nubarrones se esponjan como reyes asmáticos. Abajo, hombres de cobalto buscan andamios, escaleras para alcanzar la luz anaranjada, quizá unos zancos silenciosos que los eleven del cactáceo asfalto de su podredumbre.


II)

El inquisidor destripa amuletos, mueve las ruedas de su máquina: de las mangas de su disfraz cuelgan esqueletos de peces y cruces diabólicas. Un colibrí se detiene en el centro de las manecillas: el mediodía es un abuso, un martillo que clava designios en las cabezas pelonas de allá abajo.


III)

Bebes aguardiente. Nosotros caminamos hacia tu sino, una maraña de sílabas quiere ser mantra en las orejas pero luego se disuelve en percusiones prehistóricas, en el crepitar de millones de soles -o tal vez el mismo sol, millones de veces repetido-.


IV)

La muerte ronda en los puentes, en las aguas de obsidiana, en los obeliscos.


V)

La luz del Espíritu Santo es pluma en tu frente: alrededor giran planetas, moscardones y avispas, un dios colibrí meditabundo. El humo verde de tus menjurjes se eleva hacia los nubarrones: saltan acuarelas en los ojos, los arbustos caminan con pasos de sombra y el cristal de tus uñas pela el cascarón de la crisálida acuosa donde aguardamos.


VI)

No hay baile. Llega la luna, se sienta en su sillita y se cubre con un rebozo morado y azul… detrás de ella: millones de lunas ancianas que atiborran la cúpula celeste.


VII)

Han pasado doce horas. El sur se cierne sobre cada una de nuestras arterias -el bálsamo añoso del bosque nos llama, no tan lejos-, y huimos en tropel, lobos de lumbre, búhos de sal: seguimos tu voz en malezas y manglares hasta que tu voz es el manglar y las malezas.


VIII)

La muerte glacial ronda en los puentes, en las aguas de obsidiana. Pero esta vez la esfera escapa de sus manos y va a dar al pantano milenario donde tienes tu casa. Estamos limpios.




DOÑA METAMORFOSIS



Aquel lunes, el correo me trajo entre otras cosas, un pescadito de oro y una carta gris que era negra, anaranjada y verde. Provenía del País de las Ventanas, donde viví hace siglos con Doña Metamorfosis. Leí la carta a gritos para despertar a mis huéspedes, las momias, quienes se pusieron felices al escuchar la noticia: Doña Metamorfosis llegaría el próximo viernes en el tren de las ocho.

El lunes se convirtió en martes y el miércoles en jueves; durante ese tiempo las momias se afanaron desempolvando sarcófagos, lavando cristales, puliendo cubiertos y echando sus vendajes sucios en la lavadora.

El viernes en la madrugada todo estaba listo para recibir a la visitante; compré rosas marchitas y me vestí de negro, un taxi me dejó en la entrada de la estación Buenavista, donde el duende de mi corazón saltó al suelo y siguió saltando entre los pies innumerables. El tren era un saurio largo, sudoroso y cansado después de su viaje. Los pasajeros eran lunas, marionetas, pájaros metálicos. Al final del andén, entre la multitud, pude reconocer a Doña Metamorfosis, acompañada de su inseparable secretaria, Una Escobita Ruiz.

Doña Metamorfosis… ¿Cómo describir a tal personaje? Su rostro es otro rostro y otro rostro y otro rostro, sus manos son pulpos y espejos y aguaceros. Nos dimos un abrazo y diez mil besos, de nuestras espaldas brotaban alas que eran sillas y eran árboles inmensos.

De la estación caminamos rumbo a casa y a nuestro paso todo cambiaba: las nubes eran puertas y las puertas elefantes; Doña Metamorfosis me miraba y nuestras carcajadas se convertían en hojas secas. Recorrimos panteones y palacios y hemisferios. Al pasar por un jardín, los niños envejecieron, y las hermosas doncellas fueron monstruos del pecado contabilizando incestos. Entramos al registro Civil que antes había sido iglesia y que algún día sería cantina; ahí, Doña Metamorfosis cambió su nombre por el de Muertemorfosis. Era casi medianoche cuando llegamos a mi casa: todo estaba en ruinas. Las momias se habían convertido en mariposas y revoloteaban alrededor de los floreros. Muertemorfosis y yo nos miramos fijamente, y ella fue vértebras y polvo y luego… nada.

Desde entonces paso los fines de semana a solas, aburrido, jugando al ajedrez con mi propia sombra.


Coyoacán, 1989.