jueves, 29 de noviembre de 2018

LA MUERTE DEL BRUJO



Arriba un millón de estrellas. En medio de las estrellas, la luna roja del futuro y la luna amarilla del pasado. Abajo, un millón de árboles: en medio de los árboles una choza decrépita, ondulante, cerrada con cadenas y légamo. Dentro de la choza, la poderosa bruja mira al hombre atado con serpientes al lecho en forma de estrella. El hombre tiembla, setecientos años de horror en sus ojos de niño. La bruja toma una espada larga y delgada, la clava en el muslo del hombre: el fémur cruje, el grito se enreda en la mordaza que anida en la boca desdentada. La bruja sonríe y da vueltas alrededor del lecho, toma una segunda espada y la clava en el ojo del hombre: el chisguete de sangre salpica la cara verde del espejo. Dos espadas más en los brazos, otra en el estómago y el hombre se retuerce. La bruja dice conjuros arcaicos, los minutos pasan como orugas. La última espada parte en dos al corazón que deja de latir para siempre… la bruja ha cumplido su venganza. Lejos, en  Ciudad Luz, un millón de edificios ocultan la casa de muñecas. Dentro de ella, un diminuto lecho donde el brujo de trapo muere entre contracciones terribles.

martes, 6 de noviembre de 2018

ATAÚDES


1)

La luz es amarilla y gris. La cocina es fría y cúbica como un hielo y en el centro hay una mesa cuadrada y en el centro de la mesa sólo un plato, una cuchara y las manos pequeñas del niño que se mueven de un lado a otro como animales desesperados que quieren alcanzar la cuchara, el plato o cosas invisibles que tal vez sólo el niño puede ver. El niño está sentado en una silla larga, encadenado. El niño tiene un año. Yo tengo sesenta y estoy afuera de la cocina, en el patio. Arriba hay una luna, un cielo nublado y nada más. Abajo está la tierra, lodosa por la lluvia y por el llanto,  chiclosa cuando la piso con mis pantuflas viejas: llora el niño y yo sigo afuera, mirándolo a través de la ventana sucia, hace frío, a lo lejos se oye otro llanto, el tren especial de la medianoche. No hay casas cerca, sólo árboles negros, verdes, plateados. Grises como la luz.  Sólo árboles y un río que se lleva las cosas. Un río sin nombre, caudaloso y helado que desaparece y sumerge las cosas que ya no quiero ver, las cosas que ya no queremos que griten. Entro.


2)

El niño me mira, no me reconoce, no se acuerda, se limpia las lágrimas con los dorsos regordetes de las manos, se sorbe los mocos, ríe con pocos dientes y ojos de topo. Como no me muevo, el niño vuelve a quedarse serio, a punto de llorar, así que avanzo, quiero decirle palabras tontas, palabras viejas de las que usaba mi padre cuando yo tenía un año, pero me quedo callado. Me siento a un lado del niño, tomo la cuchara, el plato hondo repleto hasta los bordes y comienzo a volar avioncitos de papilla espesa que aterrizan en su boca entre risas y balbuceos. El niño está hambriento. En el fondo del plato un grueso ciempiés agoniza, pero el niño no lo sabe.


3)

Arriba hay recámaras y pasillos oscuros llenos de ratones. La casa es viejísima: nunca he pasado una sola noche en otro sitio que no sea la casa. En la recámara que está exactamente arriba de la cocina hay un ataúd blanco. Vivo solo. Ésa es mi recámara y ese ataúd que ven ahí es el sitio donde duermo. Cuando no duermo en él, el ataúd es una boca o un pozo que me llama, vacío, vacío, vacío: como una novia viuda el día de su boda. El ataúd es importante. No tengo amigos, pero si los tuviera, estoy seguro de que ninguno de ellos tendría en su casa un ataúd blanco, hermoso y listo para abrazarme cada noche, para besarme y acariciarme de manera íntima y sin burlarse, aunque esta noche yo estoy abajo, en la cocina alimentando al niño, y dentro del ataúd está la madre del niño, atada ya, amordazada ya. Puede respirar, pero no gritar. Puede oír los ruidos que hace el niño y la lluvia que comienza a desprenderse de las nubes, pero no puede ver. Puede temblar: no puede dejar de temblar. Yo no hago ruido. La madre del niño se retuerce como un ciempiés. En la recámara de junto están los sillones y el televisor, siempre encendido pero en silencio, me gusta ver los noticieros y los muñequitos pero prefiero imaginarme las voces. En la recámara del fondo hay cajas llenas de cosas valiosísimas, hay un armario con los cajones llenos de disfraces mal doblados, hay dos ventanas que dan al patio. En las paredes cuelgan retratos de personas muertas que estaban muy serias y muy quietas cuando las retrataron, son mis antepasados, la familia o como se diga. La madre del niño no estaba quieta cuando la retraté. En el baño está la tina. La tina es importante y blanca: seguramente proviene del mismo árbol genealógico que el ataúd. En el patio no hay nada, lo juro. Por último están las escaleras. En las escaleras hay fantasmas, en las noches de luna llena gritan, aúllan, se llenan de pelos, me vuelven loco. Esas noches me encierro en mi ataúd.


4)

El tiempo se mueve para adelante pero también para atrás en los recuerdos. El gendarme que romperá la puerta de la cocina tiene treinta años. Es alto y moreno como un alce. Se parece muchísimo a mí pero no se da cuenta. Así era yo de joven, el mundo era simple y en mi llavero estaban las llaves que abrían todas las puertas. El gendarme nació río arriba, en los bosques tupidos, su casa era una minúscula cabaña escondida entre árboles milenarios. El gendarme creció comiendo carne de alce, extrañando a su madre y leyendo libros basura. Para él, las cosas son muy claras: están los buenos y están los malos. Hay que cuidar y proteger a los buenos. A los malos hay que atraparlos, golpearlos, encarcelarlos, juzgarlos, ejecutarlos. Según su propia filosofía, el gendarme es bueno. Pero yo sé que no es tan bueno. Cuando era niño, durante el velorio de su madre escribió con una navaja su nombre y otras palabras en el ataúd. Pensó que así su madre lo recordaría por toda la eternidad. Según un libro, los muertos olvidan los nombres y luego las voces. Yo puedo olvidar los nombres, pero no las voces. Veinte años después de la muerte de su madre, el gendarme sigue recordando aquel ataúd, blanco como mi ataúd: todavía usa la navaja en algunos interrogatorios difíciles, pero no para escribir su nombre sino para arrancar otros nombres de la boca de los malos. Aturdido y gesticulante, el gendarme recorre el bosque con una linterna en la mano y otros siete gendarmes lo siguen. Suman ocho. El ocho es maligno. La tierra se siente chiclosa en sus botas. Hay perros enormes olisqueando, hay palas y picos. Llegan al río.


5)

El ataúd es un barquito de papel que navega por el río. Yo estoy dentro del ataúd, soñando con ángeles y mariposas, sintiendo el tosco rumor de las embravecidas aguas en mi espalda de niño. Créanme: nada se siente tan bien como ir a duermevela por el río, capitán de mi propio ataúd, el más silencioso, dando vueltas y vueltas conforme el río se retuerce y me lleva de aquí para allá, de aquí para allá hasta el infinito. La vía láctea es un río, la muerte debe ser el gran río donde desembocan los ríos de los sueños. Cada sueño tiene sus propios rostros, sus propias voces, pero todo es tan rápido que no puedo enfocar bien, despierto temblando, la celda es fría, metálica, no tiene cama. Arriba la luz es amarilla y gris pero no hay ninguna ventana por donde se filtre la luna, los cantos amables de la luna. Muevo los dedos de los pies y recuerdo el ciempiés que se retorcía en el fondo del plato, la sonrisa satisfecha del niño. En la celda de junto alguien llora. Vuelvo a quedarme dormido.


6)

Martes ocho de agosto. El ocho es maligno. Marte es el dios de la guerra y tiene dos lunas. Veinte miembros del jurado, diez hombres, diez mujeres: todos usan lentes y me miran con caras de lechuza. Los ojos de las lechuzas son ochos. El juez no usa lentes, es calvo, gordo, chaparro, sus manos se mueven de un lado a otro, animales desesperados y regordetes buscando justicia. El juez tiene un tic simpatiquísimo, como si su cachete y su ojo izquierdo se besaran cada cuatro, cada cinco minutos. He visto esta película muchas veces: el sujeto de traje y corbata me señala y grita escandalizado, recorre la sala con largas zancadas teatrales perfectamente aprendidas, si sus profesores lo vieran se sentirían más que orgullosos. Una mujercilla seria escribe todo, sus dedos se mueven, veloces venaditos brincoteando un bailable ancestral sobre la máquina de escribir. El juez bosteza como un oso, se talla los ojitos de topo. En una de las paredes, otra película: escenas, rostros, colores, objetos, datos, información clasificada, yo, yo, yo, las pruebas que prueban, las señales que señalan. Francamente prefiero ver hacia la pared donde hay un reloj. El reloj es blanco y redondo como el tiempo que mide. El tiempo se mueve para adelante pero también para atrás. Los miembros del jurado caminan en fila india hacia un cuartito minúsculo que está aquí al lado, dos mujeres, dos hombres, dos mujeres, dos hombres, dos mujeres, la puerta se cierra como la tapa de un ataúd.


7)

Veredicto: culpable. Silla eléctrica. Inyección letal. Fusilamiento. He visto está película muchísimas veces: los familiares de las víctimas del otro lado del vidrio, comiendo palomitas y disfrutando mi muerte cómodamente sentados en sus butacas. Los periódicos vendiéndoles sus tirajes vespertinos a los ciudadanos ejemplares. Los gendarmes, muy serios, haciendo declaraciones detalladas y convincentes frente a las cámaras.


8)

El niño abre los ojos. El diminuto ataúd es comodísimo, su cabezota descansa en un mullido almohadón donde todavía se siente la humedad de las lágrimas. Al alcance de sus manos: el osito de peluche, el alce de trapo, las veinte pequeñas lechuzas de plástico, el ciempiés de felpa. Toda una eternidad para jugar y esperar a que su madre regrese. La madre del niño está en otro ataúd, a unos cuantos centímetros de distancia, aunque madre e hijo nunca jamás volverán a tocarse. El último recuerdo de la madre es el río donde se aventó de cabeza ocho días después de la muerte del niño. La madre ya no recuerda mis ojos, ni vuelve a escuchar mi voz casi enmudecida pues poco la he usado desde hace años, sólo sé decir palabras toscas, órdenes, frases con muchas eses que suenan a voces de serpiente. Con un cuchillo en la mano, uno puede ahorrarse cientos, miles de palabras. La madre por fin ha dejado de temblar. Yo tiemblo. Abro los ojos y descubro el terrible lugar donde me pusieron: un ataúd de madera corriente, tablas mal cortadas, clavos chuecos y oxidados. Se puede meter un ciempiés y morderme los pies, las manos, comerse mis ojos. Esta noche lloverá y habrá goteras, agujas de hielo clavándose en mi carne, charcos de aguas metiches que no formarán un río, que jamás podrán llevarse este ataúd a cuestas y me dejarán aquí, en el lodo, en el olvido eterno. En mi casa, el ataúd blanco no está vacío: el gendarme llegó en su motocicleta, solo, con las arenas del sueño acumuladas detrás de los ojos. Pasó por debajo de la cinta de plástico amarillo, subió las escaleras que crujen y entró a mi recámara. Ahora el gendarme duerme en mi ataúd; sueña que está en un blanco buque fantasma: ya recorrió el río, ya llegó al mar y ahora navega por las aguas de la noche. Cuando despierte, descubrirá que las aguas se llevaron mi recuerdo y estará listo para la siguiente cacería.



jueves, 25 de octubre de 2018

EL MILAGROSO



Curé a un paralítico, se echó a correr y lo mató un camión; le devolví la vista a un ciego y vio a su mujer con otro; resucité a un leproso y contagió a todo el pueblo... Dejé de hacer milagros y me crucificaron.

lunes, 22 de octubre de 2018

FREUD


Entre la madre y sus bestias
hay alambres que cruzan
figuras de carne
pollos fosforescentes
sanguijuelas


El amo pisa la casa
revuelve cajones
esconde su corazón
en una mina

Entonces las bestias huyen
ruedan por los jardines
con un beso interior
reventándoles la cara

Y la madre
sola al fin
teje alas de sombra
y vuela hacia otro alfabeto
con un embudo entre los labios


viernes, 19 de octubre de 2018

MEDICINE MAN



I)

En la hora del sol más alto, los nubarrones se esponjan como reyes asmáticos. Abajo, hombres de cobalto buscan andamios, escaleras para alcanzar la luz anaranjada, quizá unos zancos silenciosos que los eleven del cactáceo asfalto de su podredumbre.


II)

El inquisidor destripa amuletos, mueve las ruedas de su máquina: de las mangas de su disfraz cuelgan esqueletos de peces y cruces diabólicas. Un colibrí se detiene en el centro de las manecillas: el mediodía es un abuso, un martillo que clava designios en las cabezas pelonas de allá abajo.


III)

Bebes aguardiente. Nosotros caminamos hacia tu sino, una maraña de sílabas quiere ser mantra en las orejas pero luego se disuelve en percusiones prehistóricas, en el crepitar de millones de soles -o tal vez el mismo sol, millones de veces repetido-.


IV)

La muerte ronda en los puentes, en las aguas de obsidiana, en los obeliscos.


V)

La luz del Espíritu Santo es pluma en tu frente: alrededor giran planetas, moscardones y avispas, un dios colibrí meditabundo. El humo verde de tus menjurjes se eleva hacia los nubarrones: saltan acuarelas en los ojos, los arbustos caminan con pasos de sombra y el cristal de tus uñas pela el cascarón de la crisálida acuosa donde aguardamos.


VI)

No hay baile. Llega la luna, se sienta en su sillita y se cubre con un rebozo morado y azul… detrás de ella: millones de lunas ancianas que atiborran la cúpula celeste.


VII)

Han pasado doce horas. El sur se cierne sobre cada una de nuestras arterias -el bálsamo añoso del bosque nos llama, no tan lejos-, y huimos en tropel, lobos de lumbre, búhos de sal: seguimos tu voz en malezas y manglares hasta que tu voz es el manglar y las malezas.


VIII)

La muerte glacial ronda en los puentes, en las aguas de obsidiana. Pero esta vez la esfera escapa de sus manos y va a dar al pantano milenario donde tienes tu casa. Estamos limpios.




DOÑA METAMORFOSIS



Aquel lunes, el correo me trajo entre otras cosas, un pescadito de oro y una carta gris que era negra, anaranjada y verde. Provenía del País de las Ventanas, donde viví hace siglos con Doña Metamorfosis. Leí la carta a gritos para despertar a mis huéspedes, las momias, quienes se pusieron felices al escuchar la noticia: Doña Metamorfosis llegaría el próximo viernes en el tren de las ocho.

El lunes se convirtió en martes y el miércoles en jueves; durante ese tiempo las momias se afanaron desempolvando sarcófagos, lavando cristales, puliendo cubiertos y echando sus vendajes sucios en la lavadora.

El viernes en la madrugada todo estaba listo para recibir a la visitante; compré rosas marchitas y me vestí de negro, un taxi me dejó en la entrada de la estación Buenavista, donde el duende de mi corazón saltó al suelo y siguió saltando entre los pies innumerables. El tren era un saurio largo, sudoroso y cansado después de su viaje. Los pasajeros eran lunas, marionetas, pájaros metálicos. Al final del andén, entre la multitud, pude reconocer a Doña Metamorfosis, acompañada de su inseparable secretaria, Una Escobita Ruiz.

Doña Metamorfosis… ¿Cómo describir a tal personaje? Su rostro es otro rostro y otro rostro y otro rostro, sus manos son pulpos y espejos y aguaceros. Nos dimos un abrazo y diez mil besos, de nuestras espaldas brotaban alas que eran sillas y eran árboles inmensos.

De la estación caminamos rumbo a casa y a nuestro paso todo cambiaba: las nubes eran puertas y las puertas elefantes; Doña Metamorfosis me miraba y nuestras carcajadas se convertían en hojas secas. Recorrimos panteones y palacios y hemisferios. Al pasar por un jardín, los niños envejecieron, y las hermosas doncellas fueron monstruos del pecado contabilizando incestos. Entramos al registro Civil que antes había sido iglesia y que algún día sería cantina; ahí, Doña Metamorfosis cambió su nombre por el de Muertemorfosis. Era casi medianoche cuando llegamos a mi casa: todo estaba en ruinas. Las momias se habían convertido en mariposas y revoloteaban alrededor de los floreros. Muertemorfosis y yo nos miramos fijamente, y ella fue vértebras y polvo y luego… nada.

Desde entonces paso los fines de semana a solas, aburrido, jugando al ajedrez con mi propia sombra.


Coyoacán, 1989.

lunes, 15 de octubre de 2018

PSIQUIATRAMÁN CONTRA LOS DUENDES DEL DESORDEN


Los duendes del desorden aparecen de repente: salen del clóset o del interior de un zapato y comienzan a tirar todas las cosas que encuentran en tu habitación. Rompen el retrato de tu ex novio y se tragan los pedazos, con un lápiz labial dibujan falos en el espejo, o revuelven las fragancias de tus frascos en un solo perfume alucinante. Tú, sorprendida, tratas de cubrirte los senos y el pubis; buscas tu ropa nerviosamente mientras los duendes ruedan y ruedan carcajeándose en el piso. Suena el teléfono: los duendes abren los ojos y se quedan mudos. Al segundo timbrazo comienzan a temblar. Al tercero huyen despavoridos. ¿Bueno?, contestas con jadeos de dragón. Hola niñita. Soy tu héroe, Psiquiatramán, y hablaba para ver cómo va todo. ¡Psiquiatramán!, exclamas; los duendes del desorden trataron de violarme, pero ya se fueron. ¿Cómo le hiciste? Eh, soy muy poderoso, responde varonil Psiquiatramán disfrutando cada sílaba en su boca. Dices buenas noches, cuelgas, suspiras y te ves en el espejo. Tus ojos están llenos de polen cristalino y claves de sol azucaradas. En la punta de tu nariz se adivinan mil y un amaneceres con distintos colores en el cielo. Luego te asomas por la ventana: arriba la luna llena es un bondadoso gato derrumbado encima de las nubes y las constelaciones son enormes malvaviscos. Estás tranquila, no hay ni rastro de los duendes del desorden... Gracias a Psiquiatramán, han desaparecido de tu vida para siempre. Sonríes

Lo que tú no sabes, pobre idiota, es que del otro lado de la línea telefónica un duende del desorden con dedos de cuchara devora los ojos y la lengua, lame lentamente la sangre seca de Psiquiatramán, asesinado hace más de una semana.