jueves, 27 de octubre de 2016

CAZADORES Y RECOLECTORES



1) 

Ella es el musgo que crece en las piedras del arroyo, el humo en la pipa del duende, el vaho que exhalan los dragones dormidos en el centro del mundo. Él es un candelabro, el esqueleto inmutable de la espada flamígera, un arroyo ronco que nunca deja de cantar, la puerta cerrada por dentro para que la oscuridad jamás escape.


2)

Ella se levanta temprano, sacude los restos del sueño dejando caer gatos diminutos, tarántulas de luz, un arroyo de guijarros que desaparece antes de tocar la alfombra. Ella se mira en el espejo y las paredes de la casa crujen. Afuera de la casa, en el cielo, los aviones trazan pentagramas, las nubes se acomodan en ellos y se hamacan al compás del smog. Por las calles, los hombrecitos de plastilina caminan de prisa: es lunes y tienen que resolver muchísimos asuntos urgentes. Bancos. Oficinas. Cantinas. Iglesias. Bancos. Ella sale de la tina, se seca con una toalla enorme y se dirige hacia los cajones. Después de vestirse, Ella mira por la ventana hacia el punto exacto del cielo donde varias décadas más tarde, en uno de los aviones, el capitán beberá café mientras el piloto automático hace lo suyo. El pasajero más viejo del avión escuchará en sus audífonos un disco de Mike Oldfield a las diez de la mañana.


3)

Él se trepa en la motocicleta, se coloca el casco: una calavera afuera de la cabeza donde guarda su propia clavera. Cinco minutos después: las calles, los dedos del aire, la velocidad, los bosques, el verde lago negro de siempre. Él es un guerrero negro montado en un escarabajo rojo bajo el cielo gris preñado de nubes verdes. Las rojas miradas de los coches lo miran con rencor ciego y la primera gota del aguacero cae en la concha del diminuto caracol que avanza en sentido contrario. No está escrito en el cielo ni en el infierno que la motocicleta aplaste al caracol; la palabra “jamás” desaparece por un segundo de todos los diccionarios del mundo, pero por suerte nadie se da cuenta.


4)

El Bernal escribe: es mediodía y cuarenta libros a medio leer lo rodean. Hay novelas policiales, tratados de astrología, manuales fáciles para ser mejor, o por lo menos intentarlo. Bernal morirá dejando inconclusos veinte de los cuarenta libros. Después de su muerte, Doris y sus amigos llorarán, dirán palabras torpes en el velorio; alguien se quedará con los cuarenta libros y, sin abrirlos, se los heredará a sus hijas quienes tampoco los leerán jamás. Pero por ahora, el Bernal sigue escribiendo, está a punto de comenzar el capítulo cinco de su único best seller: La historia de mi abuela.


5)

Ella camina sin prisa, usa sombrerito, lentes oscuros, muy colorados los labios; si la escena fuera una caricatura antigua, ella sería Betty Boop y cuarenta flores sonrientes cantarían y bailarían alegres a su paso. Ella entra a un edificio, cruza espejos, sonidos planos, miradas cejijuntas que la imaginan desnuda. Se detiene ante un mostrador y abre su bolso: en el fondo hay una pistola.


6) 

Fue como un sueño: en el velorio de mi abuela, mi madre hablaba en voz baja con otra persona cuyo rostro no recuerdo. Le decía que, de joven, mi abuela se había metido en un lío grande y que mi abuelo la había salvado de la muerte. Tal cual. No. A mi abuelo nunca lo conocí.


7)

Él entra a la cabaña. Un dolor de muelas antiguo despierta, lento como un dinosaurio. Él se quita el casco, mira la escena: un hombre de paja en la mecedora, la chimenea congelada, montones de billetes verdes esparcidos por el suelo, los charcos de sangre… Él trepa por la escalera desvencijada, nubes de polvo como esponjas y el dolor de muelas rencoroso esperando en una esquina del cuadrilátero de su boca.


8)

Uno de los motores del avión tose, hace ruidos despiadados, en Australia hay un pájaro menos. El capitán oprime botones, mueve palancas, se rasca la cabeza, suda… El Bernal se rasca la cabeza y decide ahorrarse algunos renglones: el avión cae en picada al compás de la parte más hermosa del Ommadawn. El pasajero más viejo morirá con esas notas en la cabeza.


9)

Ella yace debajo de las tablas. Los labios pálidos, la boca llena de tierra, las manos atadas. Hay uñas, ojos desorbitados, sangre a borbotones: Ella grita y su grito espanta a una parvada de moscas. Ella es un gusano, el vaho que exhalan los dragones dormidos en el centro del mundo. Décadas más tarde, también en el centro del mundo, Satanás escribe cifras, hace sumas con una calculadora antigua y las cuentas no le cuadran, se asoma por la ventana de su despacho y mira hacia abajo; entre llamaradas y estalactitas alcanza a ver la fila de encapuchados recién llegados. Se mataron en un avionazo, le informa la secretaria. Satanás sigue sumando.


10)

Él escucha los gritos, baja saltimbanqui y los escalones crujen, de una patada parte en dos la puerta del sótano. Ella morirá de cáncer a los setenta años, lejos de esta cabaña, en un cuarto azul lleno de frascos y enfermeras. Pero ahora ella escucha los golpes, las tablas que crujen. De pronto, como en un sueño cinematográfico, entra la luz y Ella mira el rostro enrojecido y desesperado, felino, bigotudo. Él es un arroyo ronco, feliz de encontrarla viva…


11)

Él y Ella cruzan bosques, puebluchos y valles a 120 millas por hora; la motocicleta arde como un infierno sobre ruedas, la cabaña está cada vez más lejos. Casi todos los billetes verdes fueron quemados. Arriba las nubes son piezas de ajedrez reacomodándose en un tablero profundamente azul y sin escaques. Un avión cargado de carne humana vuela como un moscardón anunciando algo, pero ni Él ni Ella lo escuchan, tan concentrados están en la velocidad de los minutos: al amanecer habrán cruzado la frontera y es casi seguro que en su historia de amor esté escrito un final feliz en technicolor…


12)

Fue como un sueño, llevaba años buscando ese libro. Lo encontré en un puestito de cosas usadas, en la calle, estaba amarrado con otros libros y la señora me pidió muy poco por todo el paquete; se sorprendió cuando le di todo el dinero que traía… Llegué a casa, estaba nervioso pero aún así puse café en la cafetera, ya sabes, el ritual: despejar la mesa, lavarme las manos, cortar con cuidado la cuerdita. Los otros libros no tenían la menor importancia, pero ahí estaba: La historia de mi abuela. En la contraportada, la foto del autor: narizón, cara de loco, audífonos enormes y patillas antiguas. Estaba diciendo adiós desde la escalerilla de un avión.


martes, 13 de septiembre de 2016

BAMBI



I)

Amanece. La bruja enciende su bola de cristal: luces de acuarela en el arroyo legendario. Debajo de las piedras brotamos, duendes eternos; bostezamos, caminamos hacia la superficie con diminutas botas de hule, fumamos pipas de nostalgia. Arriba de todo, el cielo es un sabueso mudo.


II)

A lo lejos, la casita de galletas: por las ventanas huyen las sillas, los sillones. El camino es de cuarzos y aspirinas. Nos acercamos. La puerta está cerrada desde la última lluvia: somos transparentes.


III)

En la cocina, enormes arácnidos prietos, con zancos y corbata de moño, saquean las alacenas. La luz es amarilla y verde. Vuelan frascos de mermeladas rojas, moradas. Escondido en un armario, Bambi lo mira todo. Llueve. Nos filtramos silenciosos a la siguiente escena
I.


IV)

Es el lobo y es la abuelita. Es caperucita y las risotadas negras rodeándola como una aureola de moscas. Es el otro Bambi debajo de la cama: tembloroso, aturdido. Nosotros estamos arriba, entre las telarañas. Entra el cazador y se saca una estrella de la boca.


V)

Al mediodía, los árboles beben el agua tosca que escurre de sus pestañas. La lluvia se aleja dando saltos rumbo al acantilado. Afuera de la casita: luces, labios, florecimiento de hormigas cargando mariposas moribundas.


VI)
 
Bambi de paja. Fotogramas de Bambi fotogénico mostrando dientes, ojos, costillas; probándose los guantes de una princesa dormida y olvidada. El cazador sale con su costal epiléptico a cuestas. En silencio, la casita empieza a desmoronarse: esquirlas de chocolate, migajas, astillas de caramelo macizo, higos de cristal. Bambi se retuerce, momia: se convierte en un alambre y salta hacia el techo. Bambi zombi dando vueltas, sus pezuñas tocando casi las frágiles orillas del espanto.


VII)

Zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz zzzzzzz… (nubes de sueño, serrucho y tonco).


VIII) 

Anochece: el viento desenreda cantos medievales. El cuenco de la luna vierte sus sombras al espacio donde despareció la casita. Hormigas duermen, polillas duermen, ornitorrincos de sal se escabullen en el oleaje tenue del arroyo: en el fondo, Bambi también duerme amortajado en su escafandra. Nosotros decimos adiós con manos de peluche, caminamos en fila india rumbo al interior de las piedras. Pipas humeantes, pies sin fin, crisálidas.


IX)

Quiero ver, dice una voz. La bruja apaga su esfera de cristal.




sábado, 3 de septiembre de 2016

INSTRUMENTO DE FUGA



La cárcel está afuera: es un mar insomne que se retuerce indeciso entre la luz y la sombra que cubre tus ojos. Mira el coral de los muros, las pequeñas rendijas por donde pasaron los planetas fantasmales que anclaron en tu frente para siempre; éramos niños, y aunque estábamos encadenados, podíamos volar hacia aentro armados con aquella cámara que latía como una mariposa de arterias violetas y alas anranjadas. La sístole y la diástole de sol y luna marcaban el círculo de pasos dentro de las celdas. Detrás de los párpados quedan aún vestigios de ese tiempo arcaico de trilobites y torres lejanas recortándose en un horizonte de sal verde: las ventanas estaban prohibidas pero no los paisajes, no las velas de los barcos surcando el largo pentagrama del silencio. Sabíamos que al final el universo estallaría en astillas de luz y encontraríamos flores híbridas, instrumentos de fuga, puertas abriéndose como sonrisas hacia un camino de imágenes felices y memorias hilvanadas.

 
Texto para la exposición Instrumentos de fuga de la fotógrafa Lorena Mata. Septiembre, 2016.








viernes, 2 de septiembre de 2016

LOS MANUSCRITOS DEL VAMPIRO



Eras un ángel. Por eso te fuiste volando y yo no he dormido ni un solo minuto desde entonces. Afuera el viento arrastra sus pies de papel periódico, sus largas alas invisibles golpean los muros de esta casa: un viento disfrazado de harapos y antifaces que ha recorrido todas las cárceles y ha escuchado las confesiones de todos los crímenes; un viento lunar que mete su hocico de hielo por la ventana y sopla ideas terribles en mis pensamientos. ¿De quién son estas manos? Cuando no escribo, mis manos tocan los contornos de las cosas que tocaron tus manos: son dos guantes de carne buscando tu carne; son dos libélulas angustiadas abriendo cajones, desordenando papeles o arrojando objetos de cristal contra el duro cristal de mi memoria. Quizá pisé cristales rotos sin darme cuenta, hay huellas de sangre en las alfombras; cientos de manchas oscuras que son el mapa de mis pasos en estos últimos setentaytantos días: dos semanas de octubre, todo noviembre; casi todo diciembre pues hoy es día treinta y pasado mañana habrá que comprar un calendario nuevo. Las huellas salen de esta habitación donde escribo y recorren todos los rincones de la casa: algunas se confunden con los azulejos del baño, entre trapos sucios y cucarachas hambrientas; otras dan varias vueltas alrededor de los polvorientos sillones que se amontonan en el centro de la sala; otras más, dibujan extraños rostros en el comedor. Hay dos manchas casi transparentes en la mesa de la cocina: sé que perdí mis zapatos pues las manchas tienen la forma de dos insólitos seres, cada una con las cinco cabecitas redondas de mis dedos. Fue en la cocina donde lo intenté por última vez: del techo cuelga todavía un pedazo de cuerda rota, no hubo tic-tac, tic-tac; mi cabeza se llenó de oscuridades y cuando abrí los ojos seguía vivo... La cita con Belcebú tuvo que posponerse. Afuera los hombrecitos se preparan para recibir el año nuevo. El viento les arranca los sombreros y yo me río y el viento se ríe conmigo. Luego miro tu retrato, ángel, y la risa se convierte en llanto y el llanto en grito y el grito en esta risa tan ajena a mí, que parece ya no mi risa, sino la risa de mi esqueleto. ¿Cómo será el esqueleto del tiempo? Año nuevo, año huevo, año hueco, vida hueca: cuerpo sin esqueleto. Mañana los hombrecitos beberán y comerán hasta perder el sentido, el cuerpo de la Tierra habrá dado una vuelta más alrededor de Mamá Sol. El cuerpo de la Tierra, amasando en sus entrañas la carne de los muertos mientras en su piel se reproduce la vasta plaga de los vivos. Desde mi ventana puedo ver a los hombrecitos: suben y bajan de sus coches último modelo; hacen ruido, visten, calzan, se pintan los labios y mandan a sus propios hijos a la cárcel. Algunos usan uniformes o sotanas, otros dirigen sus inexpresivas miradas hacia esta casa donde no hay relojes ni ruidos. Debajo de sus pies crujen los huesos de la Tierra y ellos no pueden darse cuenta: hace unos días era nochebuena y todos cantaban villancicos; en cada ventana había luces, arbolitos y sonrientes rostros blancos alrededor de los manjares y los vinos. Al día siguiente los restos de pavo y bacalao fueron devorados por las ratas que viven en los basureros; más tarde, yo me comí algunas de esas ratas. Pobres hombrecitos; están encerrados en sus propias caras y no pueden imaginar que hubo un ángel entre ellos, ni que el ángel se fue volando y ahora sólo yo puedo escribir y escribir y escribir para que tú regreses algún día. Miro tu retrato. ¿Qué veían tus ojos? ¿Qué calles recorriste después de ser fotografiada? ¿Qué ángeles, que mujeres vestidas de negro escucharon tu voz de ángel esa noche? El retrato ya era viejo cuando me lo regalaste: según tus pláticas, en aquellos tiempos vestías siempre de negro; querías ser una gran actriz y conocer todo el mundo y que todo el mundo te conociera. Al cerrarse el telón de tu teatro imaginario, los hombrecitos aplaudían hasta romperse las manos y en tu camerino había cartas de amor y fiestas y fotógrafos y flores. Querías leer todos los libros, ir a todos los conciertos, ver todas las películas; querías descubrir un motivo para desbordar el vino que se fermentaba en los alambiques secretos de tu corazón... Pero el destino tenía otros planes: bajaste al subsuelo y me conociste; tu guardarropa cambió de color y tus amigos se fueron a vivir a otro planeta. Una noche sin luna nos juramos amor eterno: las ranas del estanque dejaron de cantar y yo vi en tus ojos el reflejo de mis ojos y más allá de las nubes los goznes del universo rechinaron. Infectados de pasión decidimos compartir esta casa y este lecho glacial donde los amaneceres te sorprendían con las luces encendidas y una biblia desgastada entre las manos, mirando la lluvia mientras afuera yo cavaba tumbas para enterrar nuestro pasado. Casi no salíamos; comenzaste a llevar un diario, en el cual no sólo describías tus mutaciones sino que también hablabas de mí y yo era la razón de tu existencia, aunque algunas veces en lugar de mi nombre escribías la palabra Vampiro. "Anoche querido diario, descubrí que Vampiro es sonámbulo"; "Vampiro llegó borracho y enterró mis muñecas en el jardín"; "Vampiro me encerró con llave y puso el tocadiscos a todo volumen"; "Vampiro me ama, Vampiro no me ama... después de su última crisis está deshecho y confundido". Pasó el tiempo: dejaste de escribir en tu diario, hacía mucho que no hablabas ni comías; te quedabas dormida veinte, veintidós horas diarias y yo cuidaba tus sueños de ángel y en el jardín la yerba crecía sin cesar como un despiadado monstruo verde. Una mañana, los objetos de la casa comenzaron a moverse solos mientras tu dormías; en las escaleras se oían pasos y voces, y una jauría de perros invisibles ladraba su locura en la azotea. Tan pronto como despertabas, la calma y el silencio volvían a la casa: tu mirada vacía reflejaba que gran parte de ti se iba quedando poco a poco en el mundo de los sueños, y yo miraba mis manos y me sentía muy solo y muy triste y muy sediento. Cada noche me bebía alguna de las botellas que guardábamos en la cava del sótano; una vez, absolutamente borracho, te pedí a gritos que me llevaras contigo: "Quiero soñar lo que tú sueñas; por favor no vuelvas a dejarme solo". Tú me miraste sonriendo y tus delgados labios se abrieron muy despacio: "No mi amor, eres un vampiro y los vampiros no pueden ir al Cielo..." Nunca más volví a escuchar tu voz. Nunca más volviste a sonreír. Ni Drácula, ni Vathek, ni Nosferatu: treinta crucifijos de diferentes tamaños adornan mi armadura. Cada mañana me desayuno un ajo entero; la luz de Mamá Sol no daña mis ojos, el agua bendita no quema mis entrañas y he comprobado que todos los espejos de esta casa me reflejan... ¿Vampiro? La primera vez que probé la sangre casi vomito: tuve que extraerla con una jeringa de mis propias venas pues nunca he tenido los colmillos afilados. Ahora te recuerdo, ángel, y escribo todos los días y después de tantas palabras, las palabras pierden su significado: soy un vampiro y tengo huesos de piedra, nervios de alambre, músculos de esponja; el mecanismo azul de esta mano seguirá trazando líneas y letras y palabras, hasta que cada palabra sea tan solo una eterna gota golpeando el yunque de agua de mi soledad, porque no estás aquí y alguien me robó los sueños y alguien me robó la voz, y tu voz me convirtió en un ridículo vampiro para siempre. La noche que te fuiste llevabas casi un mes durmiendo. Ese día las ranas y los grillos chillaban en el jardín como si fuera el fin del mundo, mientras en el aire de la cocina giraba un carrusel de tazas y platos y botellas. Por la tarde un siniestro cielo verde se deshizo en terrible tempestad; yo llevaba varios días a tu lado, inmóvil, esperando a que regresaras del túnel de los sueños... De pronto abriste los ojos y en tus ojos había luz: luz en toda la casa, luz en todos los espejos de la casa. Un escalofrío reptó por mi carne, mi lengua se convirtió en un minúsculo cadáver agrietado, y cuando me miraste, no pude soportar tu terrible mirada: corrí escaleras abajo y me encerré en el sótano; una sed milenaria me obligó a beber varias botellas. Era casi medianoche cuando regresé a la recámara: las ventanas estaban abiertas y tú eras un punto de luz empequeñeciéndose a lo lejos; un ángel luminoso volando rumbo a un Cielo prohibido... Desde entonces dejé de dormir; mi mano derecha tomó una pluma y comenzó a moverse sola: como una piraña devorando a su presa; como una hija maldita, escribiendo la sentencia de muerte para su pobre padre vampiro. Navajas Gillette en mis muñecas, balas en mis sienes, cianuro en mi bebida preparada: ahora soy inmortal... También son inmortales los ángeles, pero ellos pueden extender sus alas y alejarse volando de la Tierra; en cambio yo tengo que cargar para siempre este esqueleto, como una pesada cruz de huesos dentro de mi cuerpo destruido. El gran esqueleto de la Tierra cruje bajo mis pies de vampiro, y yo me alimento de cucarachas, y no puedo dormir, y no puedo olvidar tu hermosa carne de ángel. Busco objetos que mis manos puedan acariciar, así como alguna vez acariciaron tu rostro y tus manos y tus alas: encuentro un lápiz de labios y me pinto los labios; con sangre de rata maquillo mis ojos y en el espejo soy la mala copia de una mala actriz en una pésima película de vampiros. Me pongo tus vestidos, tus collares y tus medias; salgo al jardín y bailo un tango macabro al ensordecedor compás de los aviones que dibujan largos pentagramas en el cielo. Luego bebo: "Salud, ángel; que Belcebú te bendiga y el fuego de sus ojos alumbre tu camino de regreso a casa..." Lloro. Bebo. Afuera los hombrecitos también beben. También lloran.

Año nuevo. A primera hora salgo a comprar botellas y otras cosas pero todas las tiendas están cerradas: en las calles hay un silencio sospechoso, y en cada ventana hay una mirada, y un suspiro, y un deseo. Sigo caminando; recorro la ciudad vacía hasta llegar al bosque: los árboles tratan de huir cuando sienten mi presencia, pero el cuerpo de la Tierra los tiene bien sujetos. Me siento a la sombra de un viejo pirul y de mi bolsillo saco tu retrato; los demonios del viento dan vueltas alrededor, las mandíbulas de todas las termitas crujen: creo que todos los ojos del bosque me están mirando... ¿A dónde te fuiste ángel? ¿Por qué no vuelves, por qué no me curas de esta incurable pesadilla? Cae la noche como una maldición, y yo regreso corriendo a casa, y a mi paso la ciudad entera se derrumba. Es el esqueleto de la Tierra moviéndose despacio; es el esqueleto de la Tierra crujiendo bajo mis huesos... Me encerraré con llave, nunca más volveré a salir pues he descubierto el Gran Secreto: mis huesos y los huesos de la Tierra son los mismos, porque la Tierra es también un enorme vampiro.

Agosto. Zumba la luz. El verano ha instalado su campamento en los desiertos amarillos de mi mente. Hace calor: mil cangrejos trepan por mi garganta. Afuera de esta celda se mueren de sed los camellos; los caminos de sal se pierden en el horizonte mientras Mamá Sol se bebe todos los líquidos, y todas las sombras, y todos los sueños corrompidos. Con cuanta nostalgia recuerdo ahora aquella casa y aquel viento lunar que clavaba sus dulces alfileres en mis huesos y congelaba tiernamente mis articulaciones. Se secó mi mano y dejé de escribir; se secó mi corazón, oh ángel, y dejé de pensar en ti. Después de tantos meses, una noche por fin pude dormir: soñé casas, calles destruidas; soñé un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos... y en mis sueños vi un ángel fuerte que pregonaba a grandes voces: "¿Quién es digno de abrir el libro y desatar los sellos?"; y ninguno, ni en el Cielo ni en la Tierra ni debajo de la Tierra podía abrir el libro, ni aun mirarlo; y lloraba yo mucho, y uno de los ancianos me dijo: "Ya no llores"; y miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres vivientes, y en medio de los ancianos estaba en pie un Cordero como inmolado, que tenía siete cuernos, y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la Tierra; y en la cocina oí gritos y fuertes ruidos que me despertaron. Los hombrecitos habían forzado la puerta y entraban a la casa como un rabioso ejército de ratas: rompieron las pocas botellas que quedaban, pisotearon a las cucarachas del baño y siguiendo el rastro de pisadas llegaron a mi habitación... Me reconocieron, horrorizados: yo era el encorvado espectro que les sonreía, desde el otro lado del espejo. Me llevaron a empujones al jardín donde otros hombrecitos uniformados habían cortado la yerba, y con picos y palas removían la dura piel de la Tierra buscando tal vez un tesoro: el único tesoro que encontraron, ángel mío, fueron tus restos... entonces miré al cielo y comprendí que nunca más regresarías. Después de un breve juicio, los hombrecitos me declararon culpable y me sentenciaron a muerte sin saber que soy inmortal... Me sentaron en un trono eléctrico, colocaron una hermosa corona de cables en mi cabeza y subieron la palanca: el olor a quemado los hizo toser durante varias horas; mi gran carcajada los hizo temblar durante varias noches. Dos semanas después me trajeron a esta cárcel construida en medio del desierto, donde me han dejado a solas con mis sueños; a solas con mi esqueleto para siempre. Algún día, la plaga de los hombrecitos desaparecerá. Mamá Sol seguirá trazando arcos en el cielo mientras se bebe la sal y el azúcar de tu recuerdo... Yo seguiré escuchando el rumor de la Tierra; el eterno crujir de los huesos de la Tierra, debajo de estos pies ensangrentados.